Mary nació en Kansas el 8 de diciembre de 1973, sus padres, ambos de nacionalidad argentina, emigraron al país del norte a fines de la década del 60. Durante los primeros años de residencia en tierra Yankee vivieron, siguiendo sus instintos, en una comunidad hippie.
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Un lustro después, Mario no pudo evitar sacar provecho de su viveza criolla e hizo algunos negocios que le permitieron sacar una considerable suma de dinero, lo que les garantizó a él, Marta, su mujer y a su pequeño vástago hacerse poseedores de una pequeña granja.
Desde aquel glorioso 6 de enero de 1974, día en el que durmieron por primera vez en la “Ponderosa”, así bautizaron su hogar, todo fue de maravillas. La familia se agrandó dos años después, con la llegada de Jonathan. Los niños Gómez crecieron sanos y fuertes entre cosechas de trigo, maíz y rodeados de animales.
Mary ama la vida en la granja, se levanta poco antes del amanecer y realiza los quehaceres de todos los días. Ordeña las vacas, alimenta a los cerdos, recoge los huevos del gallinero y verifica que los canales de riego funcionen perfectamente.
Algunas tardes, si es necesario, corta grandes troncos con su motosierra y los deposita en el galpón que está ubicado pocos metros detrás de la casa. Los días que no hay mucho trabajo hornea pasteles de manzana que pone a enfriar en el marco de la ventana.
Cerca de las seis de la tarde, luego de ducharse, enciende la computadora y entra a su facebook. Después de mirar las nuevas fotos que han colgado sus amigos se une a algún grupo copado o escribe comentarios en los muros de sus contactos y pasa algunas horas jugando a Office History, su aplicación preferida.
Desde el teclado comanda a Yolanda, su alter ego en el juego, con quien se divierte respondiendo mails, atendiendo el teléfono, sacando fotocopias y atendiendo a proveedores. Además tiene que soportar los gritos de su jefe y las incoherencias de su coordinadora de área.
Hoy Mary está más feliz que de costumbre porque un nuevo contacto comenzó a jugar Office History, con ese llegó a los quince amigos que juegan, por lo que en pocos días podrá comprar la cafetera para el box de Yolanda y su productividad aumentará el 10%.
Pasadas las diez Mary apaga la Pc y se acuesta a descansar, mañana la espera un duro día en la granja.
miércoles, 21 de octubre de 2009
jueves, 15 de octubre de 2009
Pero no...
Como verán no hay más que abandono es este espacio. Cada tanto me pego una vuelta para ver como está todo. Vuelvo con ilusión, esperando encontrar que algún texto haya germinado, ver alguna flor, pero no. No tengo suerte. Me gustaría volver más seguido, con un puñado de palabras en el bolsillo, pero no. Vuelvo siempre con las manos vacías y me da bastante bronca ver que todo está igual, o peor. Hoy decidí al menos arrancar algunos yuyos del jardín y sacar de las paredes esas cáscaras de pintura que se despegan del aburrimiento.
Me quedan todavía esos textos en terapia intensiva que me prometí resusitar, aunque ya no estoy tan seguro de poder lograrlo.
Pasaba por acá y quise saludarlos. Tal vez la próxima visita..... tal vez no.
Me quedan todavía esos textos en terapia intensiva que me prometí resusitar, aunque ya no estoy tan seguro de poder lograrlo.
Pasaba por acá y quise saludarlos. Tal vez la próxima visita..... tal vez no.
sábado, 15 de agosto de 2009
Los placeres de la pobreza
Y los placeres de la pobreza han vencido
a mi burlada revolución
a mi burlada revolución
Ese fue un mal año, estoy tentado de decir que fue el peor, pero mentiría. Puede que lo haya sido, puede que no. La cuestión es que la cosa estaba difícil, al parecer mucho más de lo que yo podía percibir. Se sabe que durante la infancia uno anda muy preocupado con cuestiones que a esta altura de la vida no logramos comprender.
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No recuerdo los días previos al evento, pero el día del cumpleaños de Carlitos estábamos en quiebra. Mi vieja me había dicho que no podía ir porque no teníamos plata para comprarle un regalo. Yo estaba bastante triste, y no porque me importara Carlitos. Todos mis amigos iban a estar ahí y el anfitrión se había encargado de que todo el barrio supiera que la fiesta sería a todo trapo.
— Va a haber magos y payasos — decía, —La piñata es enorme!!!
Mi angustia fue creciendo durante el día. A minutos de la hora de comienzo del cumpleaños comencé a llorar. Mi vieja no preguntó el motivo, porque ya lo sabía. Me miró, se secó las lágrimas de la cara y dijo:
—Vestite que te llevo al cumple.
—Sin regalo no voy a ir— respondí.
—Vestite— repitió.
Fue al único armario que había en la casa y sacó una colonia Pibe´s. Mi colonia Pibe´s.
—Casi no la usaste— dijo mientras la envolvía en papel de regalo.
—Ni la voy a usar— pensé mientras me ponía mis mejores pilchas.
Carlitos no abrió el regalo cuando llegué, lo puso junto a los demás. Supongo que ni le interesó saber que había dentro del diminuto paquete. Eso en cierto sentido me alivió.
—No se van a dar cuenta pensé.
El cumpleaños estuvo buenísimo. El show del mago fue realmente increíble y nos divertimos mucho con los payasos.
Pocos días después, y delante de la mayoría de los chicos Carlitos comenzó a listar todos los regalos recibidos, el último en nombrar fue el mio: —Y este me regaló una colonia Pibe´s que encima estaba usada— dijo. Y todos comenzaron a reírse. Si hubo momentos en los que quise que me tragara la tierra ese fue el primero.
Con el paso de los años nos fuimos separando, él iba al turno mañana y yo por la tarde. Además yo había conseguido nuevos amigos.
Quiso el destino que los corticoides que tuve que tomar por más de un año a causa de mi principio de asma y su adicción al Capitán del espacio nos volvieran esféricos. Dos esferas casi idénticas que a más de 50 metros nos hacían parecer la misma persona.
Años antes no me hubiera molestado la similitud, pero a esa altura de la vida Carlitos se había vuelto una persona bastante despreciable. Una tarde, luego de que me gritaran un gordo puto que iba dirigido a él y no a mí juré que haría lo posible por dejar de parecerme al él. Doce meses después pesaba 15 kilos menos.
Al poco tiempo mientras comíamos un asado con los chicos del barrio, en el que Carlitos estaba presente, la charla derivó en qué cosa que habías hecho de chico te ponía más orgulloso. Cuando llegó mi turno dije feliz:
— Haberle regalado un perfume usado a este cerdo.
Todos reímos, excepto Carlitos que juró que eso nunca había pasado.
lunes, 30 de marzo de 2009
Come as you are and suck my kiss (3/4/3)
Me pasa que a los lugares los recuerdo como canciones. Por ejemplo, si me tomo el 37 en dirección a Lanús me resulta inevitable, a cierta altura de Combate de los pozos, no empezar a cantar Resumen Porteño. También me pasa con algunas personas, uno de ellos es el Chino. La razón es más que importante fue él quien me hizo escuchar el TDK que una vez más marcaría mi vida para siempre.
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Estaba en segundo año, esa mañana como tantas otras entré por el portón de la calle Palaá y fui directamente a la zona de los talleres. Era temprano y el único que esperaba el comienzo de la clase era el Chino. Estaba sentado en un banco de cemento que había en la puerta del taller de electricidad. Tenía los auriculares clavados en las orejas y movía frenéticamente la patita al ritmo de la música que se escuchaba desde unos metros antes.
Nos dimos la mano y siguió en su mundo. Le pregunté que escuchaba. Le volví a preguntar. Tuve que hacerlo nuevamente, esta vez golpeando su pierna para que me prestara atención.
— ¿Qué? –dijo elevando la voz-.
— ¿Qué escuchás? –repetí-
— Un disco que me grabó mi primo –dijo dándome el auricular derecho-
Mis arterias, por autopista, llevaron la música a mi cerebro. La adrenalina subió de repente. Sentí la euforia.
— ¿Quiénes son?
— Se llaman Nirvana – respondió el Chino-
El disco era Nevermind.
— Suenan de puta madre –dije-
— Suenan terrible –respondió-
— Escuchá esto otro –dijo invirtiendo el sentido de la cinta en el walkman-
Sentí una nueva inyección de adrenalina. No era Nirvana. Sentí el groove en mi cuerpo. Mi corazón se hinchaba cada vez más con los graves del bajo.
— ¿Y esto? –dije sin quitar la vista del walkman-
— Red Hot Chili Peppers. Estos se llaman Red Hot Chili Peppers.
De fondo sonaba Funky Monks y ya no estábamos en la escuela. Sólo dios sabe donde estábamos.
Al final de la clase lo convencí de intercambiar cassettes por un día. Yo me llevaba ese tesoro y él Fear of the dark, mi última adquisición. El viaje de vuelta a casa fue el más lindo de aquellos años. Por primera vez no me importaba estar más de una hora en el colectivo. Es más hubiera deseado que no terminara nunca.
Tengo muchos recuerdos muy lindos de esos dos años en la E.N.E.T Nº 3 de Avellaneda, pero el de aquella mañana es, sin lugar a dudas, el más lindo de todos. Esa mañana supe que ya no había retorno. Y no me equivoqué. Hoy cada vez que escucho esos discos me acuerdo del Chino, y cada vez que algo me hace acordar a él no puedo dejar de cantar Come as you are.
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Estaba en segundo año, esa mañana como tantas otras entré por el portón de la calle Palaá y fui directamente a la zona de los talleres. Era temprano y el único que esperaba el comienzo de la clase era el Chino. Estaba sentado en un banco de cemento que había en la puerta del taller de electricidad. Tenía los auriculares clavados en las orejas y movía frenéticamente la patita al ritmo de la música que se escuchaba desde unos metros antes.
Nos dimos la mano y siguió en su mundo. Le pregunté que escuchaba. Le volví a preguntar. Tuve que hacerlo nuevamente, esta vez golpeando su pierna para que me prestara atención.
— ¿Qué? –dijo elevando la voz-.
— ¿Qué escuchás? –repetí-
— Un disco que me grabó mi primo –dijo dándome el auricular derecho-
Mis arterias, por autopista, llevaron la música a mi cerebro. La adrenalina subió de repente. Sentí la euforia.
— ¿Quiénes son?
— Se llaman Nirvana – respondió el Chino-
El disco era Nevermind.
— Suenan de puta madre –dije-
— Suenan terrible –respondió-
— Escuchá esto otro –dijo invirtiendo el sentido de la cinta en el walkman-
Sentí una nueva inyección de adrenalina. No era Nirvana. Sentí el groove en mi cuerpo. Mi corazón se hinchaba cada vez más con los graves del bajo.
— ¿Y esto? –dije sin quitar la vista del walkman-
— Red Hot Chili Peppers. Estos se llaman Red Hot Chili Peppers.
De fondo sonaba Funky Monks y ya no estábamos en la escuela. Sólo dios sabe donde estábamos.
Al final de la clase lo convencí de intercambiar cassettes por un día. Yo me llevaba ese tesoro y él Fear of the dark, mi última adquisición. El viaje de vuelta a casa fue el más lindo de aquellos años. Por primera vez no me importaba estar más de una hora en el colectivo. Es más hubiera deseado que no terminara nunca.
Tengo muchos recuerdos muy lindos de esos dos años en la E.N.E.T Nº 3 de Avellaneda, pero el de aquella mañana es, sin lugar a dudas, el más lindo de todos. Esa mañana supe que ya no había retorno. Y no me equivoqué. Hoy cada vez que escucho esos discos me acuerdo del Chino, y cada vez que algo me hace acordar a él no puedo dejar de cantar Come as you are.
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Discos que cambiaron mi vida,
Reales
lunes, 23 de marzo de 2009
Diez textos en terapia intensiva
Hoy me había prometido publicar la tercera y última entrega de “Discos que cambiaron mi vida”. Como se habrán dado cuenta las dos primeras no fueron gran cosa y si suponen que la tercera será la excepción están equivocados. Será igual o peor que sus hermanas mayores.
Pero no es su mala calidad lo que me llevó a posponer su publicación, sino la angustia que me genera no poder producir el texto siguiente. En los ocho meses de vida de este blog me pasó sólo una vez, y fue hace mucho tiempo.
Lo más preocupante es que la falta de textos no se debe a la ausencia de ideas, ya que estuve (y estoy) trabajando en varias historias que, sin lugar a dudas, son mejores que las publicadas últimamente.
El caso es que no logro cerrarlas. Algunas están a medio hacer, a otras les falta simplemente cerrarlas y las demás están apostadas en las filas del borrador esperando que me decida de una buena vez a publicarlas.
Supuse que contándoles que había diez textos en terapia intensiva dentro de la carpeta SoneuS en mi PC, sería el comienzo del parto. Estoy seguro de que si pongo un listado de los títulos (tentativos) de esas historias en coma, al menos alguna de ella verá la luz en las próximas semanas.
En fin, nada asegura que esto resulte pero aquí va el listado:
Pero no es su mala calidad lo que me llevó a posponer su publicación, sino la angustia que me genera no poder producir el texto siguiente. En los ocho meses de vida de este blog me pasó sólo una vez, y fue hace mucho tiempo.
Lo más preocupante es que la falta de textos no se debe a la ausencia de ideas, ya que estuve (y estoy) trabajando en varias historias que, sin lugar a dudas, son mejores que las publicadas últimamente.
El caso es que no logro cerrarlas. Algunas están a medio hacer, a otras les falta simplemente cerrarlas y las demás están apostadas en las filas del borrador esperando que me decida de una buena vez a publicarlas.
Supuse que contándoles que había diez textos en terapia intensiva dentro de la carpeta SoneuS en mi PC, sería el comienzo del parto. Estoy seguro de que si pongo un listado de los títulos (tentativos) de esas historias en coma, al menos alguna de ella verá la luz en las próximas semanas.
En fin, nada asegura que esto resulte pero aquí va el listado:
- Recursos Humanos
- No te pongas Azul
- Malas palabras
- Primera vez
- El otro dice
- Causa común
- Los mejores apodados
- Lamiendo el pescadas
- Tu casa es mi casa
- Informe sobre tetas
lunes, 16 de marzo de 2009
Think about you (2/3)
La segunda vez que me crucé con un disco que sería una bisagra en mi vida tenía once años. El hermano de un amigo, algunos años mayor que nosotros, lo escuchaba en su habitación. Estábamos mirando Brigada A cuando escuché los primeros acordes. Inmediatamente me levanté de la silla y sin pedir permiso entré en el cuarto.
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En la oscuridad los sonidos se amplificaban, un pequeño hilo de luz caía sobre uno de los parlantes. El cono se agitaba violentamente y mi corazón, en tandem, estaba a punto de estallar. Nunca hasta ese momento había sentido nada parecido.
Desde las bocinas un perfecto desconocido gritaba sobre una expresión musical totalmente extraña para mí:
I think about you
Honey all the time my heart says yes
I think about you
Deep inside I love you best
I think about you
You know you're the one I want
I think about you
Darlin' you're the only one
I think about you
— ¿Qué querés pendejo? –Dijo Claudio desde las sombras-
— ¿Qué escuchás? –pregunté excitado-.
— Una banda nueva que me pasaron, se llaman Guns N´ Roses.
— Me lo tenés que prestar –dije sin dudarlo-
— Ni en pedo. Trae un casete y te lo grabo.
— ¿Ahora?
— Si querés….
Salí sin decir más y corrí las casi dos cuadras que me separaban de mi casa. Entré, abrí la latita de los ahorros y fui directamente a la disquería. Compré un casete virgen y volví. Creo que no pasaron más de diez minutos.
Una hora después salía con Appetite for destruccion en el bolsillo. Me encerré en mi piesa y lo puse a rodar en el walkman que me había comprado con la plata que había juntado en mi comunión.
Estaba totalmente fascinado y fanatizado a la vez. Por primera vez una banda “de las mías” sonaba tan bien como las de mi viejo. Sentía que los Guns no tenían nada que envidiarle a Zeppelín y a Purple y creo que no me equivocaba.
Fue a partir de esa tarde que mis compañeros de colegio me empezaron a decir el rocker y la enésima vez que me preguntaron como “se usaba” el bajo en el rock dejé de tararear "Whole Lotta love" para tararear “Rocket Queen”.
Unos años después vinieron los “Illusion” y “mi banda” se transformó en “la banda de todos”. Por lo que poco a poco me fui alejando de aquel TDK.
Aunque cada tanto, vuelvo. Ahora en CD.
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En la oscuridad los sonidos se amplificaban, un pequeño hilo de luz caía sobre uno de los parlantes. El cono se agitaba violentamente y mi corazón, en tandem, estaba a punto de estallar. Nunca hasta ese momento había sentido nada parecido.
Desde las bocinas un perfecto desconocido gritaba sobre una expresión musical totalmente extraña para mí:
I think about you
Honey all the time my heart says yes
I think about you
Deep inside I love you best
I think about you
You know you're the one I want
I think about you
Darlin' you're the only one
I think about you
— ¿Qué querés pendejo? –Dijo Claudio desde las sombras-
— ¿Qué escuchás? –pregunté excitado-.
— Una banda nueva que me pasaron, se llaman Guns N´ Roses.
— Me lo tenés que prestar –dije sin dudarlo-
— Ni en pedo. Trae un casete y te lo grabo.
— ¿Ahora?
— Si querés….
Salí sin decir más y corrí las casi dos cuadras que me separaban de mi casa. Entré, abrí la latita de los ahorros y fui directamente a la disquería. Compré un casete virgen y volví. Creo que no pasaron más de diez minutos.
Una hora después salía con Appetite for destruccion en el bolsillo. Me encerré en mi piesa y lo puse a rodar en el walkman que me había comprado con la plata que había juntado en mi comunión.
Estaba totalmente fascinado y fanatizado a la vez. Por primera vez una banda “de las mías” sonaba tan bien como las de mi viejo. Sentía que los Guns no tenían nada que envidiarle a Zeppelín y a Purple y creo que no me equivocaba.
Fue a partir de esa tarde que mis compañeros de colegio me empezaron a decir el rocker y la enésima vez que me preguntaron como “se usaba” el bajo en el rock dejé de tararear "Whole Lotta love" para tararear “Rocket Queen”.
Unos años después vinieron los “Illusion” y “mi banda” se transformó en “la banda de todos”. Por lo que poco a poco me fui alejando de aquel TDK.
Aunque cada tanto, vuelvo. Ahora en CD.
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Discos que cambiaron mi vida
martes, 3 de marzo de 2009
Perdiendo el control (discos que cambiaron mi vida 1/3)
Por definición, según la RAE, un padre es aquel varón o macho que ha engendrado. Es decir que ha dado vida. En mi caso mi viejo no sólo me dio la vida, también me la cambió para siempre. No fue con un acto heroico, ni con una lección de vida de esas que nunca se olvidan. Fue con un simple regalo.
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Fue la tarde del 4 de diciembre de 1985, probablemente hiciera calor. Ese miércoles mi viejo tenía 29 años y era empleado de una metalúrgica del sur del Gran Buenos Aires. Supongo que salió del trabajo a las 15:00 y caminó los 80 metros que separaban el gran portón gris de la parada del colectivo. Es probable que mientras esperaba haya encendido un Le Mans Azul. Después subió al 33 o al 271, el que haya llegado primero, y se bajó algunas cuadras antes de la parada habitual.
Casi no tengo dudas de que en el camino se cruzó con algún amigo al que le contó que era el cumpleaños de su pibe. Cambiaron algunas palabras, se despidieron y entró en la única disquería que había en el barrio. (Yo conocía bien ese local, solía quedarme ahí viendo discos cuando iba con mi vieja a hacer los mandados)
Después, imagino que se habrá quedado frente a la vitrina en la que estaban los cassettes de Led Zeppelín, Deep Purple y Los Doors. Pasó sin escalas a la vitrina de Pappos Blues y Vox Dei; se tentó, pero creyó que sería conveniente regalarme algo nuevo. Puede que en ese momento sonara de fondo Soda Stereo, Virus o Los enanitos verdes. Es probable que mi viejo acercándose a mostrador haya hecho la siguiente pregunta:
— Estoy buscando un disco para regalarle a mi hijo ¿Qué me podés recomendar?
Posiblemente el vendedor contestó:
— ¿Querés algo de moda?
O simplemente haya dicho:
— Mirá los que más están saliendo ahora son Nada Personal de Soda Stereo y Rockas Vivas de Miguel Mateos.
Quién sabe… a quién le importa…
La cuestión es que mi viejo llegó a casa con un pequeño paquete amarillo con un moño rojo. Recuerdo que abrió la puerta, tomó en brazos a mi hermana, le dio un beso a mi vieja y se acercó a mí. Con el brazo que le quedaba libre rodeo mi cuello y me besó la frente sobre el flequillo. — Feliz cumple —dijo extendiendo la mano con el pequeño paquete—.
Sin abrirlo supe que era un cassette. Mi primer cassette.
La portada era amarilla y rosa. Una línea diagonal separaba las tonalidades. En el centro un hombre con campera de cuero tocaba una guitarra. Sobre la imagen con letras blancas decía MIGUEL MATEOS – ZAS, al costado izquierdo de la imagen Rockas Vivas.
Agradecí y miré a Papá con cara de ¿puedo ponerlo?. — ¿Qué esperás? —respondió con la mirada—.
Abrí la tapa del Crown Mustang puse el cassette y apreté play.
Después de una introducción de batería electrónica y teclado Miguel Mateos comenzó a cantar:
Si quiero convertirte en ángel,
o arrancarte un botón,
firmar la paz, andar desnudos,
nena es tan sólo porque estoy
perdiendo el control
Oh! Oh! Oh! perdiendo el control
Creo que escuché esa cinta más de 1000 veces. Veintitrés años después, mientras escribo estas líneas y sus temas suenan nuevamente, esta vez en Mp3, recuerdo de memoria todas las letras.
A pesar de haber escuchado cientos de discos mejores, tengo que reconocer que sin lugar a dudas Rockas Vivas cambió mi vida para siempre.
Además, aunque no haya sido el más lindo, nadie se olvida del primer amor.
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Fue la tarde del 4 de diciembre de 1985, probablemente hiciera calor. Ese miércoles mi viejo tenía 29 años y era empleado de una metalúrgica del sur del Gran Buenos Aires. Supongo que salió del trabajo a las 15:00 y caminó los 80 metros que separaban el gran portón gris de la parada del colectivo. Es probable que mientras esperaba haya encendido un Le Mans Azul. Después subió al 33 o al 271, el que haya llegado primero, y se bajó algunas cuadras antes de la parada habitual.
Casi no tengo dudas de que en el camino se cruzó con algún amigo al que le contó que era el cumpleaños de su pibe. Cambiaron algunas palabras, se despidieron y entró en la única disquería que había en el barrio. (Yo conocía bien ese local, solía quedarme ahí viendo discos cuando iba con mi vieja a hacer los mandados)
Después, imagino que se habrá quedado frente a la vitrina en la que estaban los cassettes de Led Zeppelín, Deep Purple y Los Doors. Pasó sin escalas a la vitrina de Pappos Blues y Vox Dei; se tentó, pero creyó que sería conveniente regalarme algo nuevo. Puede que en ese momento sonara de fondo Soda Stereo, Virus o Los enanitos verdes. Es probable que mi viejo acercándose a mostrador haya hecho la siguiente pregunta:
— Estoy buscando un disco para regalarle a mi hijo ¿Qué me podés recomendar?
Posiblemente el vendedor contestó:
— ¿Querés algo de moda?
O simplemente haya dicho:
— Mirá los que más están saliendo ahora son Nada Personal de Soda Stereo y Rockas Vivas de Miguel Mateos.
Quién sabe… a quién le importa…
La cuestión es que mi viejo llegó a casa con un pequeño paquete amarillo con un moño rojo. Recuerdo que abrió la puerta, tomó en brazos a mi hermana, le dio un beso a mi vieja y se acercó a mí. Con el brazo que le quedaba libre rodeo mi cuello y me besó la frente sobre el flequillo. — Feliz cumple —dijo extendiendo la mano con el pequeño paquete—.
Sin abrirlo supe que era un cassette. Mi primer cassette.
La portada era amarilla y rosa. Una línea diagonal separaba las tonalidades. En el centro un hombre con campera de cuero tocaba una guitarra. Sobre la imagen con letras blancas decía MIGUEL MATEOS – ZAS, al costado izquierdo de la imagen Rockas Vivas.
Agradecí y miré a Papá con cara de ¿puedo ponerlo?. — ¿Qué esperás? —respondió con la mirada—.
Abrí la tapa del Crown Mustang puse el cassette y apreté play.
Después de una introducción de batería electrónica y teclado Miguel Mateos comenzó a cantar:
Si quiero convertirte en ángel,
o arrancarte un botón,
firmar la paz, andar desnudos,
nena es tan sólo porque estoy
perdiendo el control
Oh! Oh! Oh! perdiendo el control
Creo que escuché esa cinta más de 1000 veces. Veintitrés años después, mientras escribo estas líneas y sus temas suenan nuevamente, esta vez en Mp3, recuerdo de memoria todas las letras.
A pesar de haber escuchado cientos de discos mejores, tengo que reconocer que sin lugar a dudas Rockas Vivas cambió mi vida para siempre.
Además, aunque no haya sido el más lindo, nadie se olvida del primer amor.
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Discos que cambiaron mi vida,
Reales
miércoles, 18 de febrero de 2009
Sé donde encontrarte (la historia)
Nos vigilan, saben que hacemos y que dejamos de hacer. No nos siguen, ni tejen complejos planes para conocernos. No les hace falta, caemos solos. Sabiendo esto (el nacimiento de mi paranoia) comencé, hace algunos años, con la ardua tarea de desaparecer del mundo virtual: ya no tengo impuestos a mi nombre, mi celular no es mío, respondo amablemente a todas las encuestas; en cada una de ellas, claro está, vivo en un lugar diferente, tengo un teléfono distinto y mi familia se compone según la ocasión. Lejos estoy aún del triunfo, pero gozo de ciertos beneficios. La realidad es que estoy seguro de poder engañar a las máquinas, el problema comienza cuando la fuente no es una máquina sino una persona.
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Hace algunas semanas, el 25 de enero exactamente, sonó el teléfono de casa, era la vigésima vez que sonaba ese día (volvíamos de unas largas vacaciones). Yo me estaba duchando por lo que fue Contxi quien atendió (como ocurre el 98% de las veces). La escuché reírse y repetir varias veces que era imposible, que el señor Soneus estaba duchándose en ese momento y no podía ponerme al habla.
— Llámelo en diez minutos –dijo antes de cortar-.
Dejó el teléfono en la base y abrió unos centímetros la puerta del baño.
— Llamó uno de los chicos haciéndose pasar por un ruso –dijo asomando la cabeza-
— ¿Quién era? –respondí-
— No sé. No me quiso decir. Dice que te llama en un rato porque la llamada le sale muy cara y no puede esperar al teléfono
— Qué raro que no se empezó a reír -dije- Ninguno aguanta más de dos minutos haciéndose pasar por otro.
La secuencia me hizo pensar en el ruso, por un momento pensé que podía llegar a ser él quien llamaba. Lo descarté de inmediato porque estaba seguro de que era imposible que tuviera mi teléfono. No tenía tampoco el de la casa de mis viejos y los demás chicos del barrio también se habían mudado. Barajé un par de posibles autores del personaje y continué, muy a mi pesar, desarmando las valijas.
Pasaron mucho más de diez minutos y la vida seguía su curso. Cenamos y nos fuimos a acostar. Pocos minutos después sonó nuevamente el teléfono. Esta vez atendí yo.
— Soneus habla el ruso –dijo una voz atolondrada-
— Mirá vos respondí, acá habla el argentino. ¿Qué ruso me habla? ¿Sofovich o Verea?
— Soy el ruso boludo
— ¿Que ruso? –pregunté nuevamente-
— El ruso –dijo-
La tercera vez que reiteré la pregunta respondió un poco alterado.
— EL-RU-SO. EL-RU-SO. ¿Cuántos rusos te llaman?
— ¿Ruso? Fue nuevamente mi respuesta/pregunta –esta vez cambiando la entonación-. Rusito ¿sos vos?
— Si boludo, ya te dije como veinte veces que soy el ruso.
Yo estaba realmente perplejo, no entendía bien lo que estaba pasando. Lo cierto es que quien estaba al otro lado de la línea era el auténtico ruso. Estaba borracho y trataba de mantener un diálogo coherente, pero además del alcohol (Ron tome muuucho rooon) había un impedimento más: los tres idiomas que se mezclaban en su cabeza (yoo hablo tres idiomas, tengo tress idiomas).
Como pudimos (Inglés/castellano/ruso/castellano/ingles) mantuvimos una conversación discreta. No teníamos muchas cosas de las que hablar. ¿Dónde estás? ¿Cómo te está yendo? ¿Cómo está tu familia? Y el inoxidable contate algo de la gente que se encuentra (o habla por teléfono) después de muchos años de no verse.
— Ahora soy boxeador –comenzó diciendo- si te agarro ahora te mato a piñas.
La verdad es que no me gustó mucho la aclaración. Nadie te llama desde 8.000 Km. de distancia y te dice que si te agarra ahora te mata a piñas si no tiene, al menos, un motivo por el cual querría hacerlo. Yo sabía que podía tener alguno. Pero su relato continuó (para que se den una idea su manera de hablar podría asemejarse con la de Luca Prodan (obviamente borracho):
— Ahora estoy bien, porque ya salí de la cárcel.
— ¿Cómo de la cárcel ruso?
— Sí, de la cárcel, me metieron en cana. Un año en cana. Igual no me pasó nada. Yo los mataba a palos. Los mataba a palos a todos -Aclaró-
— ¿Cómo un año preso ruso? ¿Qué cagada te mandaste?
— Estaba manejando borracho. Yo estaba borracho y me pusieron preso
— Ruso no te pueden meter un año preso por manejar borracho
— Lo que pasa es que era la tercera vez que me agarraban manejando borracho.
— No ruso, sos un boludo.
— Si ya sé, pero ya está.
Después me contó que le estaba yendo bien. Que trabajaba de albañil con su hermano. Que “el pendejo” se había juntado con una minita polaca “muy buena chica” con la que esperaba un hijo y que había dejado la heroína. Qué sus “viejos” estaban muy bien (ganando muy buena guita) y que nos extrañaba mucho.
— Acá hay argentinos, pero no son buenos. Son unos soretes. Me quieren cagar, porque yo soy ucraniano. No les importa que haya vivido en la argentina.
También me contó que se había comprado una casa “con pileta y todo” pero que no le importaban ni la casa ni la guita.
— Ahora cuando tenga más guita me voy a volver –dijo-. Después me preguntó si tenía el teléfono de Jorge.
— No lo tengo ruso, me mudé y no lo vi más.
— Si ya sé que te mudaste. Me enteré que ahora vivís en Barracas con tu "mujer".
Me preguntó si tenía hijos y ante la respuesta negativa me recomendó tenerlos. Después dijo que tenía que dejarme, que volvía a llamarme y cortó. No me dió tiempo a preguntarle, ni como, ni cuando, ni quien le había dado todos esos datos (después me enteré que había llamado a una vecina, que esta le había dado el teléfono de la mamá del Ñato y que éste le había resumido mi vida y pasado mi número).
Más allá de la alegría de recibir su llamado la experiencia me sirvió para terminar de convencerme de que mientras haya humanos sobre la tierra por más que le escapemos al Facebook si alguien quiere saber sobre nosotros lo puede hacer. Eso sí, les sale 50 ctvos. (de dólar) el minuto.
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Hace algunas semanas, el 25 de enero exactamente, sonó el teléfono de casa, era la vigésima vez que sonaba ese día (volvíamos de unas largas vacaciones). Yo me estaba duchando por lo que fue Contxi quien atendió (como ocurre el 98% de las veces). La escuché reírse y repetir varias veces que era imposible, que el señor Soneus estaba duchándose en ese momento y no podía ponerme al habla.
— Llámelo en diez minutos –dijo antes de cortar-.
Dejó el teléfono en la base y abrió unos centímetros la puerta del baño.
— Llamó uno de los chicos haciéndose pasar por un ruso –dijo asomando la cabeza-
— ¿Quién era? –respondí-
— No sé. No me quiso decir. Dice que te llama en un rato porque la llamada le sale muy cara y no puede esperar al teléfono
— Qué raro que no se empezó a reír -dije- Ninguno aguanta más de dos minutos haciéndose pasar por otro.
La secuencia me hizo pensar en el ruso, por un momento pensé que podía llegar a ser él quien llamaba. Lo descarté de inmediato porque estaba seguro de que era imposible que tuviera mi teléfono. No tenía tampoco el de la casa de mis viejos y los demás chicos del barrio también se habían mudado. Barajé un par de posibles autores del personaje y continué, muy a mi pesar, desarmando las valijas.
Pasaron mucho más de diez minutos y la vida seguía su curso. Cenamos y nos fuimos a acostar. Pocos minutos después sonó nuevamente el teléfono. Esta vez atendí yo.
— Soneus habla el ruso –dijo una voz atolondrada-
— Mirá vos respondí, acá habla el argentino. ¿Qué ruso me habla? ¿Sofovich o Verea?
— Soy el ruso boludo
— ¿Que ruso? –pregunté nuevamente-
— El ruso –dijo-
La tercera vez que reiteré la pregunta respondió un poco alterado.
— EL-RU-SO. EL-RU-SO. ¿Cuántos rusos te llaman?
— ¿Ruso? Fue nuevamente mi respuesta/pregunta –esta vez cambiando la entonación-. Rusito ¿sos vos?
— Si boludo, ya te dije como veinte veces que soy el ruso.
Yo estaba realmente perplejo, no entendía bien lo que estaba pasando. Lo cierto es que quien estaba al otro lado de la línea era el auténtico ruso. Estaba borracho y trataba de mantener un diálogo coherente, pero además del alcohol (Ron tome muuucho rooon) había un impedimento más: los tres idiomas que se mezclaban en su cabeza (yoo hablo tres idiomas, tengo tress idiomas).
Como pudimos (Inglés/castellano/ruso/castellano/ingles) mantuvimos una conversación discreta. No teníamos muchas cosas de las que hablar. ¿Dónde estás? ¿Cómo te está yendo? ¿Cómo está tu familia? Y el inoxidable contate algo de la gente que se encuentra (o habla por teléfono) después de muchos años de no verse.
— Ahora soy boxeador –comenzó diciendo- si te agarro ahora te mato a piñas.
La verdad es que no me gustó mucho la aclaración. Nadie te llama desde 8.000 Km. de distancia y te dice que si te agarra ahora te mata a piñas si no tiene, al menos, un motivo por el cual querría hacerlo. Yo sabía que podía tener alguno. Pero su relato continuó (para que se den una idea su manera de hablar podría asemejarse con la de Luca Prodan (obviamente borracho):
— Ahora estoy bien, porque ya salí de la cárcel.
— ¿Cómo de la cárcel ruso?
— Sí, de la cárcel, me metieron en cana. Un año en cana. Igual no me pasó nada. Yo los mataba a palos. Los mataba a palos a todos -Aclaró-
— ¿Cómo un año preso ruso? ¿Qué cagada te mandaste?
— Estaba manejando borracho. Yo estaba borracho y me pusieron preso
— Ruso no te pueden meter un año preso por manejar borracho
— Lo que pasa es que era la tercera vez que me agarraban manejando borracho.
— No ruso, sos un boludo.
— Si ya sé, pero ya está.
Después me contó que le estaba yendo bien. Que trabajaba de albañil con su hermano. Que “el pendejo” se había juntado con una minita polaca “muy buena chica” con la que esperaba un hijo y que había dejado la heroína. Qué sus “viejos” estaban muy bien (ganando muy buena guita) y que nos extrañaba mucho.
— Acá hay argentinos, pero no son buenos. Son unos soretes. Me quieren cagar, porque yo soy ucraniano. No les importa que haya vivido en la argentina.
También me contó que se había comprado una casa “con pileta y todo” pero que no le importaban ni la casa ni la guita.
— Ahora cuando tenga más guita me voy a volver –dijo-. Después me preguntó si tenía el teléfono de Jorge.
— No lo tengo ruso, me mudé y no lo vi más.
— Si ya sé que te mudaste. Me enteré que ahora vivís en Barracas con tu "mujer".
Me preguntó si tenía hijos y ante la respuesta negativa me recomendó tenerlos. Después dijo que tenía que dejarme, que volvía a llamarme y cortó. No me dió tiempo a preguntarle, ni como, ni cuando, ni quien le había dado todos esos datos (después me enteré que había llamado a una vecina, que esta le había dado el teléfono de la mamá del Ñato y que éste le había resumido mi vida y pasado mi número).
Más allá de la alegría de recibir su llamado la experiencia me sirvió para terminar de convencerme de que mientras haya humanos sobre la tierra por más que le escapemos al Facebook si alguien quiere saber sobre nosotros lo puede hacer. Eso sí, les sale 50 ctvos. (de dólar) el minuto.
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Reales
lunes, 2 de febrero de 2009
Los rusos (el pie)
Llegaron al barrio hace más de diez años. En esa época cuando llegaban nuevos vecinos montábamos complejo un plan de espionaje que nos permitía saber, a la brevedad, como estaba compuesta la familia. No lo hacíamos de chusmas, sólo nos importaba saber si había entre los nuevos habitantes una niña, es decir, si existía la posibilidad de meternos en una cama nueva.
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Esa vez, y tantas otras, no tuvimos suerte. Eran una familia tipo, un matrimonio con dos hijos varones. Una familia como tantas otras. La única particularidad es que eran Ucranianos.
Más allá de haberme decepcionado por completo al conocer el sexo de los vástagos de Papá Ruso y Mamá Rusa tengo que reconocer que la familia me atrajo desde el primer momento. Uno puede aceptar que, por esas cosas del destino, la suerte no lo ayude demasiado con el lugar de nacimiento. Lo que era inaceptable para mí era que una familia de Ucranianos, viéndose obligados a dejar su país, eligiera ese particular rincón de la Argentina como su “tierra prometida”.
Quiso la casualidad que el mayor de los niños rusos tuviera nuestra edad. El sentido común de Papá Ruso lo llevó al único colegio secundario de la zona, donde estudiaban la mayoría de los chicos del barrio.
Así fue que poco a poco “el Ruso” fue metiéndose en nuestras vidas. En principio era bastante divertido tenerlo como amigo, pero una vez que supimos escribir nuestros nombres, decir hola, gracias y todas las puteadas en ruso (¿?) no tenía nada original para ofrecernos.
El Ruso tenía algunos defectos, el peor de todos, sin lugar a dudas, era su borrachera. Nunca supimos si el vodka le gustaba tanto como decía o tomaba cuatro o cinco vasos haciendo fondo blanco simplemente para hacerle justicia a la mejor cualidad vikinga. Lo cierto es que quedaba al borde del coma alcohólico y les puedo asegurar que no es nada fácil cargar con un cuerpo de casi dos metros y más de 100 kilos.
Contrarrestando el choque cultural, los pequeños moscovitas se adaptaron rápidamente a las costumbres argentas, para que se den una idea a menos de un año de haber pisado América ya sabía que el vacío se ponía primero del lado del cuero, y discutía fervorosamente sobre las cualidades de los mejores asadores del barrio.
A pesar de haber caído a nuestro país sin saber ni donde quedaba, ni como era, aprendieron a quererlo rápidamente. Si me apuran diría que eran en ciertos aspectos mucho más patriotas que nosotros. Jamás los escuché hablar mal del país, ni de crisis, ni de inseguridad. Amaban este país tanto o más que nosotros. Habían encontrado su lugar en el mundo, comenzaban a ser felices otra vez. Eran, incluso, más felices que antes. Todos menos Papá Ruso. Él sabía bien que quería un mejor futuro para sus hijos. Un día, sin consultarles nada decidió que era hora de volver a armar las valijas. Esta vez el destino no sería el sur, sino el norte.
Así fue que por segunda vez en su vida Papá Ruso despojó a su familia de lo que más amaban y se los llevó bien lejos, a la tierra de las oportunidades.
Lo último que supimos de él fue unos meses más tarde de su partida, poco después de haber comenzado el nuevo milenio, cuando llamó por teléfono al Ñato y le contó que, a pesarrr que ganarrr mucha guita, quería volver, que Filadelfia era muy lindo, pero no podía olvidarse del barrio y mucho menos de nosotros.
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Esa vez, y tantas otras, no tuvimos suerte. Eran una familia tipo, un matrimonio con dos hijos varones. Una familia como tantas otras. La única particularidad es que eran Ucranianos.
Más allá de haberme decepcionado por completo al conocer el sexo de los vástagos de Papá Ruso y Mamá Rusa tengo que reconocer que la familia me atrajo desde el primer momento. Uno puede aceptar que, por esas cosas del destino, la suerte no lo ayude demasiado con el lugar de nacimiento. Lo que era inaceptable para mí era que una familia de Ucranianos, viéndose obligados a dejar su país, eligiera ese particular rincón de la Argentina como su “tierra prometida”.
Quiso la casualidad que el mayor de los niños rusos tuviera nuestra edad. El sentido común de Papá Ruso lo llevó al único colegio secundario de la zona, donde estudiaban la mayoría de los chicos del barrio.
Así fue que poco a poco “el Ruso” fue metiéndose en nuestras vidas. En principio era bastante divertido tenerlo como amigo, pero una vez que supimos escribir nuestros nombres, decir hola, gracias y todas las puteadas en ruso (¿?) no tenía nada original para ofrecernos.
El Ruso tenía algunos defectos, el peor de todos, sin lugar a dudas, era su borrachera. Nunca supimos si el vodka le gustaba tanto como decía o tomaba cuatro o cinco vasos haciendo fondo blanco simplemente para hacerle justicia a la mejor cualidad vikinga. Lo cierto es que quedaba al borde del coma alcohólico y les puedo asegurar que no es nada fácil cargar con un cuerpo de casi dos metros y más de 100 kilos.
Contrarrestando el choque cultural, los pequeños moscovitas se adaptaron rápidamente a las costumbres argentas, para que se den una idea a menos de un año de haber pisado América ya sabía que el vacío se ponía primero del lado del cuero, y discutía fervorosamente sobre las cualidades de los mejores asadores del barrio.
A pesar de haber caído a nuestro país sin saber ni donde quedaba, ni como era, aprendieron a quererlo rápidamente. Si me apuran diría que eran en ciertos aspectos mucho más patriotas que nosotros. Jamás los escuché hablar mal del país, ni de crisis, ni de inseguridad. Amaban este país tanto o más que nosotros. Habían encontrado su lugar en el mundo, comenzaban a ser felices otra vez. Eran, incluso, más felices que antes. Todos menos Papá Ruso. Él sabía bien que quería un mejor futuro para sus hijos. Un día, sin consultarles nada decidió que era hora de volver a armar las valijas. Esta vez el destino no sería el sur, sino el norte.
Así fue que por segunda vez en su vida Papá Ruso despojó a su familia de lo que más amaban y se los llevó bien lejos, a la tierra de las oportunidades.
Lo último que supimos de él fue unos meses más tarde de su partida, poco después de haber comenzado el nuevo milenio, cuando llamó por teléfono al Ñato y le contó que, a pesarrr que ganarrr mucha guita, quería volver, que Filadelfia era muy lindo, pero no podía olvidarse del barrio y mucho menos de nosotros.
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martes, 27 de enero de 2009
Welcome to the real life
Lo único malo de las vacaciones es que, por naturaleza, tienen un fin. El deceso de las mías —que por cierto fueron las más largas de mi vida— fue el pasado lunes, es decir ayer.
Todavía no puedo decir que estoy de vuelta, pero estoy tratando de volver a poner el tren sobre las vías. Supongo que en el transcurso de esta semana mi vida volverá a la normalidad y podré sentarme a escribir con más soltura.
Por el momento estas palabras son para agradecer los comentarios, saludos de fin de año y mails recibidos en mi ausencia. Además, y sobre todas las cosas, destaco el detalle de Azul en el post “Algo habrán hecho” y lo comparto con las 11 personas que más comentaron en el 2008:
Anette, C@rito, Cecilia, Fernando, Flori, Julia, Kaleidoscope Eyes, m., Malena, Minerva y Paula.
Ya estoy bosquejando el próximo post, ténganme un poco más de paciencia; ya está en camino.
Todavía no puedo decir que estoy de vuelta, pero estoy tratando de volver a poner el tren sobre las vías. Supongo que en el transcurso de esta semana mi vida volverá a la normalidad y podré sentarme a escribir con más soltura.
Por el momento estas palabras son para agradecer los comentarios, saludos de fin de año y mails recibidos en mi ausencia. Además, y sobre todas las cosas, destaco el detalle de Azul en el post “Algo habrán hecho” y lo comparto con las 11 personas que más comentaron en el 2008:
Anette, C@rito, Cecilia, Fernando, Flori, Julia, Kaleidoscope Eyes, m., Malena, Minerva y Paula.
Ya estoy bosquejando el próximo post, ténganme un poco más de paciencia; ya está en camino.
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